“Axioma
es universalmente recibido entre los políticos, que no está
floreciente la Agricultura en un Reino, si éste no proporciona
cosechas, que a más de ser suficientes para su manutención, no
rinden sobrantes con que ganar sobre el extranjero. Jamás podrá un
Estado atender a todas sus obligaciones, ni mantener vigorosamente su
independencia, si por la abundancia de frutos no aumenta su
población, facilita los matrimonios y propaga las artes. Estas
ventajas, verificadas en los países en que se ha mejorado la
labranza del campo, tanto por su método, cuanto por la extensión de
frutos, están demostradas en nuestra Península por la historia de
pasados tiempos, en los que la población era mucho mayor que en
nuestros días, y los sobrantes de frutos se transportaban a Roma y
otras partes. El mismo suelo que en muchas de nuestras provincias
pisamos hoy lleno de abrojos, por estar descuidados y sin cultivo,
mantenía entonces innumerables gentes. Los pastos que con inmensas
arboledas proporcionaban infinito ganado, están ahora secos y áridos
[...]. Examinadas las causas de esta desgracia, se puede contar por
una de las principales el abandono de la buena labor, con el descuido
de la extensión de otros frutos y arboledas: pues si se consideran
con la reflexión que requiere asunto de tanta importancia las
resultas de la mala labranza, se verá que ella sola basta para
empobrecer al labrador y reducirlo a la mayor miseria, hasta
obligarlo al último extremo de abandonar el campo y echarse a
mendigo. Por cuya razón se puede asegurar con firmeza que mucha
parte de la despoblación del Reino proviene de esta causa, y que
acaso para tan grande mal habrá influido tan poderosamente como la
expulsión de muchas gentes, y la transmigración de otras a las
Américas”.
Antonio
de San Martín: El
labrador vascongado o antiguo agricultor español.